Exportar Innovación
Por Sebastián Pérez-Ferreiro
Los recursos naturales no renovables de Chile, tales como el cobre, no durarán por siempre y tarde o temprano el país necesitará exportar más procesos y productos de valor agregado que usen tecnología propia. Pero ¿está el país listo para iniciar la transición?
Fernando Fischmann nunca tuvo la intención de ser un innovador; no tuvo opción. Bioquímico de profesión, Fischmann estaba trabajando como desarrollador inmobiliario en el año 1997 cuando encontró que propiedades en primera línea de la playa en la costa central de Chile tenían una importante desventaja: la marea era tan peligrosa que estaba prohibido nadar. De modo que Fischmann se unió a una firma local de tecnología para crear una laguna de tres hectáreas que sería como el Caribe para los chilenos que compraran una segunda vivienda.
Sin embargo, quince días después de que se llenara la laguna, el agua se volvió oscura, fétida y llena de algas, el socio tecnológico no le devolvía las llamadas y los compradores estaban furiosos. Fischmann buscó ayuda en Australia, Alemania y Estados Unidos, pero le dijeron que la tecnología para filtrar y tratar una masa tan grande de agua no existía en ninguna parte del mundo.
Fischmann volvió a Chile y se embarcó en un proyecto de investigación de cinco años que llevó a la invención de un sistema de filtrado patentado que puede mantener una masa de agua ilimitada clara como el cristal al tiempo que emplea menos químicos y energía que una piscina tradicional.
San Alfonso del Mar, en la localidad costera de Algarrobo, se convirtió en el proyecto inmobiliario de segunda vivienda más exitoso de Chile, y la laguna de ocho hectáreas logró un récord Guinness en el 2007 como la piscina de nado más grande del mundo. Pronto, comenzaron a llegar las ofertas de desarrolladores inmobiliarios.
“La naturaleza de Fernando es de siempre avanzar y resolver los problemas a lo largo del camino”, afirma Eduardo Klein, gerente comercial de Crystal Lagoons, la empresa fundada por Fischmann para exportar la tecnología, que ha sido patentada en 160 países. “No estaba en busca de un invento, estaba buscando una solución”.

Lagunas claras como el cristal no resolverán la dependencia de Chile de las exportaciones de recursos naturales no renovables tales como el cobre, pero personas que piensen más allá de lo establecido como Fischmann podrían ayudar al país a diversificar sus exportaciones. No obstante, primero se necesita una clara definición de lo que es innovación.
¿Qué es en una palabra?
Si bien parece haber consenso en el sector público en cuanto a que la innovación se necesita de manera urgente, el significado de la palabra en sí se ha vuelto abstracto y viciado dado que muchas empresas chilenas no hacen mucho más que hablar de ella de la boca para afuera.
Por ejemplo, la innovación puede ser mencionada en el comercial de un auto sin explicar qué es lo revolucionario -de haberlo- en el vehículo o usada para hablar de las bondades de una compañía que simplemente pegó una etiqueta “Premium” en algunos de sus productos.
“Se ha abusado”, afirma Ari Bermann, gerente de innovación y desarrollo de 3M Chile, empresa estadounidense de manufactura que ha basado su reputación en la constante introducción de nuevos productos. “Innovación significa crear algo para satisfacer las necesidades del mercado. Cuando esa creatividad se convierte en un nuevo producto o proceso y esa invención tiene un valor comercial, eso es innovación”. 
Y ¿cuán innovador es Chile? El país se ubica en el lugar número 38 entre las 125 economías incluidas en el Índice Global de Innovación 2011 (GII, por su sigla en inglés) elaborado por la escuela de negocios internacionales INSEAD, con lo que ocupa el primer lugar entre todas las naciones latinoamericanas y caribeñas, con altas calificaciones para sus instituciones. Sin embargo, se ubicó en un bajo lugar 71 en materia de investigación y capital humano.
Eso no es sorprendente si se considera que en el 2008 el país gastó un mísero 0,4% de su PIB en investigación y desarrollo -un precursor clave para la innovación- lo que se compara con el promedio del 2,3% de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
El Gobierno de Sebastián Piñera espera que un nuevo proyecto de ley, que permitirá que las pequeñas y medianas empresas obtengan beneficios tributarios por invertir en inversión y desarrollo, ayude a que la inversión alcance el 0,8% del PIB para el 2014. Pero la investigación por sí sola no es suficiente para diversificar las exportaciones; Chile también necesita más capital de riesgo para que las empresas emergentes se pongan de pie.
Un Llamado a Todos los Arriesgados
Algunas empresas están invirtiendo en innovación, pero no lo suficiente, afirma Bermann, quien supervisa el nuevo Centro de Innovación de 3M en Antofagasta, el que está trabajando para mejorar procesos empleados por la industria minera, entre otros sectores.
“En los últimos 20 años, los bienes básicos en Chile han entregado un rendimiento tan alto que la gente no quiere tener nada que ver con el riesgo”, comenta Bermann. “¿Por qué [querrían hacerlo], si se puede invertir en bienes básicos y ganar dinero como loco?”
La realidad es que demasiadas empresas dejarían que otros hagan el trabajo preliminar necesario para crear nuevos procesos, productos y tecnología. En lugar de hacer una apuesta e invertir en investigación con ninguna garantía de éxito, gran parte del sector privado tiene una postura de esperar y ver en lo que respecta a la innovación.
“Si Steve Jobs hubiera nacido aquí, no estamos seguros de que habría creado Apple”, afirma Katherine Villarroel, secretaria ejecutiva de Consejo Nacional de Innovación para la Competitividad de Chile (CNIC), organización de carácter público-privada creada en el 2005 por el Gobierno de Ricardo Lagos y encomendada con la misión de proponer directrices para una estrategia de innovación de largo plazo.

Estados Unidos, que impulsó a Apple, tiene una historia de promover de manera exitosa la innovación, pero economías similares basadas en recursos naturales, tales como las de Nueva Zelanda y Finlandia, también han diversificado sus exportaciones a través de la innovación, destaca Villaroel. “Entonces ¿por qué nosotros no podemos?”
Parte del problema radica en el sistema escolar de Chile. “No estamos educando a las personas para convertirse en innovadores; les estamos enseñando a convertirse en empleados”, sostiene.
Los ingenieros chilenos, sugiere Villaroel, también deberían estudiar artes y ciencias sociales para proponer soluciones nuevas y creativas a problemas persistentes. “La innovación es la mejor respuesta a un mundo siempre cambiante. Mejor nos preparamos para ello, porque no tenemos alternativa”, añade.
Pagar por la Innovación
Pero los graduados con una buena educación no innovarán sin un incentivo financiero. En el 2005, el ex presidente Lagos introdujo un impuesto específico a la minería y creó el Fondo de Innovación para la Competitividad a fin de incrementar los recursos públicos para la innovación. Pero según el CNIC, el financiamiento no está creciendo tan rápidamente como se necesita para tener un impacto sobre el crecimiento de la productividad.
El gasto público en ciencia, tecnología e innovación -la mayor parte del cual se divide entre el Fondo de Innovación, la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (CONICYT) y la Corporación de Fomento de la Producción de Chile (CORFO)- sumó cerca de US$650 millones en el 2011, una fracción de lo que gastan países como Nueva Zelanda y Finlandia.
Y, mientras el Gobierno señala que el financiamiento crecerá un 10% en el presupuesto del 2012 respecto de la cantidad desembolsada en el 2011, el CNIC rebate que el incremento respecto del presupuesto del año previo es un magro 3,1%, muy por debajo de su recomendado crecimiento de un 12% anual durante los próximos 15 años.
Esto no es un buen augurio antes del Año de la Innovación que Chile celebrará de manera oficial en el 2013.
Pero no es solo el Gobierno el que necesita hacer más para fomentar la innovación; el sector privado también tiene un rol importante que desempeñar. “Todos necesitamos hacer mucho más para hacer que esto realmente crezca”, admite René Brahm, titular de la División de Innovación del Ministerio de Economía, la que administra el Fondo de Innovación. 
Con el capital de riesgo aún inmaduro en Chile, conseguir financiamiento puede ser un tremendo desafío, sostiene Brahm. “Hay muchas empresas emergentes que necesitan financiamiento, pero que no lo pueden conseguir de los bancos y si uno quiebra, está muerto”.
Conozca a los Innovadores
Si bien Chile aún necesita impulsar a un innovador tan famoso como el cofundador de Apple, sí tiene su cuota de emprendedores quienes están siendo pioneros en nuevas industrias y mirando más allá de sus fronteras.
Uno de ellos es el presidente de CONICYT, José Miguel Aguilera, ingeniero en alimentos quien está trabajando para convertir a Chile en un líder en el campo de la gastronomía molecular, la ciencia culinaria popularizada por el chef español Ferran Adrià. Dada la riqueza y variedad de la oferta de alimentos de Chile, Aguilera cree que la nación podría exportar alimentos procesados sometidos a procesos de reingeniería tanto físicos como químicos para volverlos sustentables, saludables y deliciosos.
“Nuestro futuro es exportar, convertirnos en proveedores de productos de alta calidad con tecnología incorporada”, dijo Aguilera, quien es consultor para Nestlé, a la revista Ingenieros.
Otro innovador es Juan Carlos de la Llera, ingeniero y profesor de la Universidad Católica cuyo trabajo en sistemas de protección sísmica de vanguardia se ha buscado en otros países propensos a los temblores. El interés alcanzó un peak luego que la aislación sísmica y los disipadores de energía que De la Llera y su equipo diseñaron para el rascacielo Titanium y otros edificios en Chile resistieran el enorme terremoto del 27 de febrero del 2010.
Y, por supuesto, está Fischmann, quien continúa innovando. En abril pasado, en el Foro de Emprendedores Latinos de Babson College en Boston, anunció su último descubrimiento: un nuevo sistema de enfriamiento para grandes plantas usando la misma tecnología empleada por Crystal Lagoons.
La parte de lagunas del negocio, en tanto, se ha expandido a 180 proyectos en 45 países gracias a su creativo modelo de otorgamiento de licencias. “A cambio de la tecnología, el conocimiento y el mantenimiento, obtenemos un porcentaje de las ventas de los proyectos”, explica Klein de Crystal Lagoons.
Lo que sigue: la compañía ayudará a romper su propio récord Guinness. Actualmente está construyendo 10 lagunas que cubren una extensión de 100 hectáreas para un desarrollo inmobiliario de US$5.500 millones en el centro turístico de Sharm El Sheikh en el desierto egipcio.
La invención de Fischmann encontró un mercado global, pero aún queda por ver si Chile puede desarrollar una cultura de la innovación para impulsar a más personas como él. La respuesta podría decidir si la economía de Chile sigue saludable para las próximas generaciones.
Sebastian Pérez-Ferreiro trabaja como periodista freelance en Santiago