Septiembre, 2008

Colocando un Árbol en el Estanque

Por Tom Azzopardi
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Uniéndose a una importante nueva área de investigación internacional, las empresas forestales de Chile están comenzando a analizar la posibilidad de producir etanol a partir de árboles.

Hace varios años, un importante productor de petróleo prometió a los consumidores del mundo que haría que un tigre rugiera en sus estanques. Ahora la industria forestal de Chile está considerando algo que suena casi absurdo: colocar un árbol en sus estanques.

Al descomponer la madera en las azúcares que la componen y fermentarlas para producir etanol, la industria cree que podría dar un nuevo giro a una actividad que ya es uno de los mayores proveedores mundiales de celulosa de madera.

En la actualidad, los principales productores de etanol a nivel mundial son Brasil y Estados Unidos, pero ellos lo obtienen principalmente a partir de caña de azúcar y maíz, respectivamente. Y eso tiene algunos inconvenientes.

En ambos casos, ejerce presión sobre la tierra destinada para uso agrícola -si bien los defensores del etanol destacan que Brasil tiene mucho espacio sin usar- y, en el caso del maíz, significa una mayor competencia para el uso de una importante fuente alimenticia. Eso puede ser bueno para los agricultores, pero también ha sido responsabilizado, al menos en parte, por la reciente alza de los precios internacionales de los alimentos y el resurgimiento de la inflación.

Esa es una razón del interés internacional en él así llamado etanol celulósico, el tipo que puede obtenerse a partir de la madera, pastos y, en general, de las partes no comestibles de las plantas. La otra es la mayor eficiencia de este tipo de etanol.

Según la mayoría de las estimaciones, el etanol elaborado a partir de maíz rinde sólo un 30% más de energía de lo que se necesita para producirlo. La caña de azúcar es mejor en ese sentido, rindiendo ocho veces más energía que lo que requiere, pero el etanol celulósico es aún mejor; podría rendir hasta 16 veces más. al menos en teoría.

Esa posibilidad está atrayendo miles de millones de dólares en investigación alrededor del mundo, incluido Estados Unidos. Pero es particularmente atractivo para países como Chile y, por ejemplo, Nueva Zelanda que cuentan con bajas reservas de hidrocarburos, pero que tienen muchos árboles.

Usar árboles como combustibles es, por cierto, una idea tan antigua como la humanidad misma e incluso producir etanol a partir de madera tampoco es una idea nueva. Se hizo por primera vez en Alemania a fines del siglo XIX y la tecnología posteriormente se extendió a Estados Unidos antes de quedar en desuso.

Basado en la disolución de celulosa en ácido, era -en cualquier caso- bastante básica. E incluso hoy, elaborar “treethanol” -del inglés tree= árbol, ethanol= etanol- a una gran y viable escala en términos económicos es todo un desafío.

Elaborar etanol a partir de la caña de azúcar es sencillo; después de todo, el etanol es el resultado de la fermentación del azúcar. Pero producirlo a partir de árboles es más difícil; contienen mucho más carbohidratos que los cultivos alimenticios -lo que explica su mayor eficiencia potencial- pero, debido a su estructura más dura, no resulta tan fácil llegar a las azúcares.

La respuesta hoy radica en las enzimas, más que en el ácido. Pero hay una trampa: esas enzimas son muy caras y uno de los desafíos clave es reducir sus costos.

La Iniciativa de Chile

Impulsada por los altos precios del petróleo, la tecnología -sin embargo- está avanzando rápidamente. En Canadá, por ejemplo, el productor de enzimas Iogen Corp. ha operado desde el 2004 una planta de demostración para un método de producción de etanol a partir de fibras de plantas y este año formó una alianza con la importante petrolera Royal Dutch Shell para estudiar una operación a escala comercial.

Asimismo, en Estados Unidos, una empresa con sede en Georgia -Range Fuels- está construyendo una planta a escala comercial para producir treethanol a partir de los remanentes de la tala de madera. Partiendo con una capacidad de 76 millones de litros de etanol al año, espera alcanzar con el tiempo un nivel de producción de 380 millones de litros.

En Chile, algunas empresas ya emplean biocombustibles. La estatal Corporación Nacional del Cobre (Codelco), por ejemplo, emplea biodiésel en los vehículos subterráneos de su mina Andina en una apuesta por reducir las emisiones en los mal ventilados túneles, mientras que la Empresa Nacional de Petróleo (ENAP) pretende usar en una de sus refinerías biogás, elaborado a partir de hojas de cactus fermentado.

Esta es una tendencia que el Gobierno quisiera alentar como parte de su política de diversificación energética. El Gobierno aprobó una regulación que permite la mezcla de hasta un 5% de biocombustibles con los combustibles regulares en los vehículos motorizados, un nivel que no requiere hacer modificaciones a los motores normales de los autos y liberó a los biocombustibles del impuesto que se aplica a sus pares convencionales.

Sin embargo, con el fin de facilitar el mayor uso de los biocombustibles, es necesario que Chile desarrolle también su propio suministro nacional. Es por eso que el Gobierno, a través de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO), ha dispuesto US$ 5 millones para investigación y desarrollo en esta área.

Dos consorcios están compitiendo por estos fondos. Uno, el consorcio Forenergy formado por ENAP y el Consorcio Maderero -un comerciante maderero- planea estudiar la posibilidad de producir biodiésel; el otro, Bioenercel -consorcio que reúne a las tres principales empresas forestales del país (Arauco, CMPC y Masisa) con la Universidad de Concepción, la Universidad Católica de Valparaíso y la Fundación Chile, instituto de transferencia tecnológica- buscará el treethanol.

Bioenercel pretende invertir cerca de US$ 10 millones en investigación y desarrollo durante los próximos cinco años, señala Gonzalo García, secretario general de Empresas CMPC. “Producir biocombustibles a partir de material lignocelulósico debiera ser una alternativa económicamente viable que no competirá con recursos empleados para producir alimentos”, afirma.

Además de trabajar en su propia investigación, el consorcio planea examinar minuciosamente el mundo en busca de prometedoras tecnologías en desarrollo. Al menos nueve universidades e institutos de toda Sudamérica, Norteamérica y Europa hacen fila para desempeñar un papel activo en el programa de investigación.

“No pretendemos reinventar la rueda”, afirma Aldo Cerda, gerente del área forestal de la Fundación Chile.

Potencial de Producción

Las empresas forestales de Chile ya son un importante productor de energía, mediante la quema de sus residuos para satisfacer sus propias necesidades eléctricas y la venta del superávit a la red de distribución eléctrica del país. Eso tiene sentido si se combina con productos más lucrativos como materiales de construcción o celulosa de madera, señala Cerda.

Pero, con la tecnología correcta, la producción de etanol podría ser un negocio en sí mismo, argumenta. “Este no es un mercado para desechos forestales, sino para árboles enteros”.

A futuro, prevé que la industria forestal de Chile se concentrará en tres áreas: celulosa de madera, bioenergía y productos madereros de mejor calidad. O, en otras palabras, que se alejará de productos con menos valor agregado.

Y, con unos 15 millones de hectáreas de bosques a través del sur del país, tiene los recursos para la bioenergía. Puede que los árboles no crezcan tan rápido como el maíz y la caña de azúcar, pero en la benigna y húmeda zona sur de Chile, especies plantadas comercialmente como el eucalipto o el pino radiata pueden crecer con una rapidez dos veces mayor que la de sus equivalentes en Europa o Norteamérica, alcanzando la madurez en menos de una década.

Casi dos millones de hectáreas se han convertido a plantaciones en los últimos 70 años, a menudo en tierra agotada tras décadas de intensa actividad agrícola. Esto ciertamente es suficiente para producir el etanol necesario para satisfacer el objetivo del Gobierno de reemplazar un 5% del consumo anual de gasolina de Chile.

Sólo 51.000 hectáreas serían suficientes para satisfacer esa demanda, destaca Charles Kimber, gerente de asuntos corporativos y comerciales de Arauco. Pero Bioenercel no está subestimando las dificultades tecnológicas; la empresa estima que la producción comercial de etanol a partir de biomasa está al menos a una década de distancia.

Esto significa que la nueva línea de negocios llegaría muy tarde para proteger a la industria local de la actual crisis del sector de la vivienda en Estados Unidos, lo que ha generado el cierre de varios aserraderos en el sur de Chile. Sin embargo, podría terminar siendo una importante fuente de ingresos en 15 o 20 años más.

Pero si ocurre antes, mejor. Después de todo, los precios del petróleo podrían volver a caer.

Hace una década, pocos esperaban que los precios del petróleo llegaran a los actuales niveles y no hay certeza respecto de dónde se encontrarán en 10 años más. Sin embargo, con la producción de los principales campos petroleros en baja y los nuevos hallazgos realizados en lugares difíciles de explotar, tales como el lecho marino de la costa atlántica de Brasil, el consenso apunta a que los precios se mantendrán sobre los US$ 80 por barril, indica Cerda.

No obstante, aún si los precios del petróleo se mantienen altos, hay otro riesgo. Si Brasil alcanza su potencial como un importante productor de etanol elaborado a partir de caña de azúcar, la industria forestal de Chile podría competir con importaciones más económicas.

En consecuencia, Kimber sugiere que el Gobierno debiera decretar un incentivo especial para proteger la producción local. Pero no todos están de acuerdo con ello.

Las importaciones de etanol brasileño debieran actuar como un techo para los precios del etanol local y como un incentivo para que la industria sea competitiva a nivel mundial, sostiene Cerda. “No veo ninguna razón para producir etanol por puro gusto”, afirma.

Tom Azzopardi trabaja como periodista freelance en Santiago.