Inicio
Diciembre, 2012

Reforma a la Ley de Quiebras: Resolviendo la Insolvencia

Por Ruth Bradley
PrintEnviar a un amigo

Un proyecto de ley, presentado a comienzos de este año al Congreso, apunta no solo a modernizar los procedimientos de bancarrota en Chile, sino que también a cambiar una actitud fuertemente arraigada que equipara la insolvencia con el fracaso o algo peor. 

Chile, con razón, está orgulloso de su clima de negocios. Caracterizado por su franqueza, le valió a Chile ubicarse en el lugar número 37 de los 185 países que compusieron el ranking Doing Business 2013 del Banco Mundial, el nivel más alto para un país latinoamericano.

No obstante, Chile tiene un problema, uno que tradicionalmente ha estado envuelto en un velo de vergüenza. Comenzar una empresa es fácil -un proceso casi tan rápido como en Estados Unidos, según el Banco Mundial-, pero cerrar una empresa que está en dificultades financieras es otro cuento.

En el indicador “Resolución de la Insolvencia” del ranking Doing Business, Chile alcanzó solo la ubicación número 98. La quiebra es, en otras palabras, un proceso que no es solo doloroso sino que también largo, costoso y con una tasa de recuperación para los acreedores que el Banco Mundial estima en solo un 30%, lo que se compara con la tasa de más del 80% en Estados Unidos. 

La mayoría de los demás países latinoamericanos están en el mismo barco. Brasil, en el puesto 143, y Perú, en el 106, tuvieron un desempeño peor que el de Chile y Argentina, en el lugar 94, fue apenas levemente superior.

No es ese el caso de Colombia. Tras una reforma de su ley de bancarrota en el 2006, la nación subió al puesto número 21 en este indicador, el lugar más alto en América Latina, sentando un ejemplo que ahora Chile está tratando de emular.

A diferencia de, digamos, Estados Unidos con su Código de Quiebras, Chile no cuenta con una ley de quiebras como tal, destaca la superintendenta de Quiebras del Gobierno, Josefina Montenegro. Es más, las normas de Chile, contenidas en el Libro IV de su Código de Comercio, se remontan a 1982 -cuando las necesidades del país, en medio de una crisis bancaria, eran muy diferentes a las de hoy en día- y han cambiado poco desde entonces. 

La reforma de estas normas anticuadas se ha debatido por largo tiempo, pero no fue hasta principios de este año que el Gobierno del presidente Sebastián Piñera tomó el toro por las astas. En mayo, como parte de un programa más amplio de medidas diseñadas para impulsar la competitividad internacional de Chile, el Gobierno presentó un proyecto de ley -la propuesta Ley de Reorganización y Liquidación de Empresas y Personas- que representaría, según dice, una modernización radical del sistema de quiebras del país.

Basada muy de cerca en la reforma colombiana, este busca aumentar la eficiencia con la que se puede poner fin a una compañía insolvente, incrementar la tasa de recuperación de los acreedores y liberar al dueño más rápidamente para nuevos emprendimientos. Montenegro pone de relieve además que facilitará la reorganización de empresas en problemas pero viables y que, para personas en dificultades financieras -quienes en la actualidad están sometidos a los mismos procedimientos engorrosos que las compañías- ofrece una solución administrativa nueva y mucho más simple.

Más Rápido y Más Barato

Independientemente de que una compañía necesite reorganizarse o cerrarse, la rapidez es esencial. No obstante, esto es precisamente lo que la actual legislación de Chile parece no ofrecer. De acuerdo con el Banco Mundial, transcurren un promedio de 3,2 años entre el incumplimiento de una empresa y el momento en que sus acreedores reciben al menos algo de pago, lo que compara con los 1,3 años en Colombia y los 1,5 años en Estados Unidos.

Sin embargo, estas cifras son engañosas, sugiere Juan Esteban Puga, abogado experto en derecho concursal quien participó en un consejo asesor sobre la reforma a la ley de quiebras, convocado por el gobierno anterior. Los activos de la mayoría de las empresas en quiebra se venden y la recaudación se distribuye a sus acreedores dentro de un año, sostiene. Lo que demora más, afirma, y que probablemente explica la cifra del Banco Mundial, usualmente son solo cabos sueltos tales como la presentación al síndico de quiebras de sus cuentas formales o detalles legales menores.

Puga además advierte sobre los peligros de tratar de acelerar demasiado el proceso. Es cierto que dejar los activos de la compañía ociosos puede disminuir su valor, pero ello también puede ocurrir por tratar de venderlos demasiado rápidamente, subraya.

Sin embargo, al menos al comienzo del proceso, la acción expedita es crucial y el actual sistema reacciona demasiado lento, insiste la superintendenta Montenegro. Sin plazos establecidos legalmente o tribunales especializados, conseguir simplemente una declaración de quiebra puede tardar meses, señala.

El proyecto de ley abordaría esto no solo mediante el establecimiento de plazos claros, sino también por medio de la designación de tribunales particulares, cuyos jueces recibirían entrenamiento especial, para ver los casos de quiebra. Asimismo ello tendría la ventaja de reducir las diferencias que actualmente pueden darse en los fallos, dependiendo del tribunal en el que caiga un caso.

No obstante, además de largo, la quiebra es también un procedimiento costoso. Simplemente publicar todos los avisos necesarios en el Diario Oficial de Chile puede costar hasta 500.000 pesos (poco más de US$1.000), afirma Montenegro, un gasto que -en virtud de la propuesta nueva ley- se eliminaría por medio de la creación de un sistema de notificación gratuito y electrónico.

Dado el contexto de la crisis bancaria en el que fue redactada, la actual ley fue diseñada principalmente para cerrar empresas y el nuevo proyecto de ley aspira a cambiar esto, dando prioridad a su reorganización como una primera opción. La reorganización está contemplada en el actual sistema como convenios supervisados por la corte, pero rara vez se usan.

Esto se debe principalmente a que hay pocos incentivos para que los deudores celebren un convenio mientras crean que aún tienen una posibilidad de mantenerse a flote y después, tradicionalmente, es demasiado tarde. El proyecto de ley busca remediar esto, por ejemplo, mediante la provisión de un período de protección al deudor de 30 días. Asimismo, dividiría a los síndicos en dos grupos: veedores o supervisores, quienes se especializarían en guiar a las empresas a través de los procesos de reorganización, y liquidadores, quienes efectuarían el cierre.

¿Incentivos Correctos?

Sin embargo, el desafío clave será lograr que las compañías usen el nuevo sistema. Un estudio del consejo asesor del gobierno anterior sugiere que solo cerca del 7% de las compañías insolventes en realidad atraviesan por procedimientos formales de bancarrota, mientras que cerca del 54% simplemente cierra el negocio y el 39% restante logra cierto tipo de reorganización informal con sus acreedores.

Y, según Puga, eso no parece haber cambiado demasiado en Colombia tras su reforma. Los resultados de las compañías que usan el sistema pueden ser mejores, pero aún parece que muchas no están usándolo, sostiene.

Y hay mucho en contra del propuesto nuevo sistema de Chile. Para empezar, una actitud fuertemente arraigada hacia la quiebra como vergonzosa y un temor sobre las posibles consecuencias penales de involucrarse con el sistema formal.

En términos prácticos, el nuevo sistema propuesto no sería de mucha ayuda para los emprendedores que se encuentren en una etapa inicial, comenta Cristián López, director ejecutivo de la Asociación de Emprendedores de Chile (ASECH). La mayor parte de su financiamiento inicial proviene de familiares, amigos y tontos, y por lo tanto -casi por definición- caen fuera del alcance de los procedimientos formales de quiebra, pero cualquier cosa que ayude a reducir el estigma del fracaso sería extremadamente bienvenida, añade. 

En un esfuerzo en esa dirección, el proyecto de ley cambiaría parte del lenguaje de la bancarrota. En lugar de quiebra, usaría liquidación. Y ya no se haría referencia al deudor como fallido.

Además definiría más claramente los delitos que el dueño de una compañía en problemas puede cometer y reduciría el riesgo de hacerlo de manera inadvertida, destaca Daniel Montalva, abogado del centro de estudios Libertad y Desarrollo y asesor de política legislativa. Y, en un esfuerzo adicional por cambiar actitudes, la Superintendencia de Quiebras ya no sería parte del Ministerio de Justicia, sino que pasaría al Ministerio de Economía.

No obstante, existe cierta preocupación en cuanto a que las barreras de entrada al sistema, diseñadas para protegerse de su abuso por parte de deudores interesados simplemente en el período de protección de 30 días, podrían ser muy altas, al menos en la actual forma del proyecto. A diferencia del Capítulo 11 de la Ley de Quiebras de Estados Unidos, con su simple presentación ante un juez, los deudores en Chile tendrían que presentarse armados con estudios de contadores, abogados, etcétera, destaca Montalva.

La preocupación sobre el efecto disuasivo de ese requerimiento es compartida por Puga. “¿Va a reunir todo ese papeleo alguien que está desesperado?”, se pregunta. “Y, en cualquier caso, mientras más demores en volverte insolvente, menos vales”.

Luego está el tema de los acreedores relacionados, añade. En una apuesta desesperada por mantenerse a flote, los dueños de empresas a menudo les prestan dinero cuando nadie más lo hará, pero cuentan como acreedores relacionados quienes, en virtud del nuevo sistema propuesto, pasarían al final de la lista, lo que implica una perspectiva poco apetecible de no solo de perder su sustento y capital, sino que también de una baja y, quizás, inexistente recuperación de estos préstamos. 

El tema clave que esto presenta, sugiere Montalva, es si el nuevo sistema como está propuesto en la actualidad simplemente será más eficiente para gente que de todos modos hubiera optado por los procedimientos formales o si también alentará a más personas a hacerlo. Y, añade, es imposible estar seguro de eso hasta que el sistema comience a operar.

El Gobierno espera, con cierta razón, que el proyecto de ley complete su paso por el Congreso el próximo año, pero -en un año electoral- es difícil estar seguro. Y, de no ser así, recaerá sobre otro gobierno el decidir si Chile obtiene un nuevo sistema de quiebras y la forma que este toma. 

Ruth Bradley trabaja como periodista freelance en Santiago y es ex editora de bUSiness CHILE.